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¿Qué hay después de un desastre?

Marzo, 2017: “Mi hija pensó que era el fin del mundo, como dice en el Apocalipsis. Y gritaba ella ¡Mamá, es el fin del mundo!¡Vámonos a Mórrope, Mamá! Es que ella creía, pobrecita, que esas lluvias y relámpagos eran solo acá, en Chochor, y que si íbamos a Mórrope nos salvaríamos. ¿Pero cómo pues voy a salir yo de acá, señorita, si todo el camino está hecho acequia y para llegar al mismo Angolo hay una hora de lodazal?” Doña Rosa Santisteban abraza a su niña contra su cuerpo, un domingo a medio día, antes de colgarse del hombro la alforja con los víveres que los alimentarán esta semana y caminar, con mucha precaución, hasta su hogar.

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El Fenómeno del Niño del 2017 fue uno de los más intensos que Perú ha sufrido en su historia y para el que, lamentablemente, no se había preparado. Todo el norte fue golpeado por tormentas e inundaciones que, a su vez y a gran escala, se transformaron en brotes de enfermedades epidémicas,  pérdidas económicas, de cultivos, de vidas e incremento de la desigualdad del país: Un desastre que puso a vista de todos las principales carencias de nuestro país: Poca capacidad de respuesta del sector público, burocracia, mínima planificación y prevención a futuro, informalidad, pobreza y falta de apoyo al campesino, entre otros.
En Lambayeque el río La Leche viene trayendo agua desde Incahuasi y la parte alta del país. Ya que su origen es pluvial,  pocas veces baja cargado. Pero cuando llueve, el río se transforma: Sus aguas llegan sin ningún canal guía y se detienen en medio del desierto para dar forma a la laguna La Niña, entre Lambayeque y Piura. Entre ellos se encuentra también el distrito de Mórrope, uno de los cinco en nuestro departamento que presentan extrema pobreza y, a su vez, uno de los mas afectados. Este distrito con ascendencia moche, de agricultores y de minas de sal fue afectado por las lluvias y el desborde del río La Leche: se perdieron cultivos, viviendas, ganado y hasta vidas humanas. Los caseríos de agricultores dispersos a lo ancho de Mórrope más afectados fueron La Leche, Colorada, Cucufana, Montermoso, Santa Isabel, San Luis y Angolo I, entre otros: Eran tantos los daños en ese período, que aún el organismo de Defenza Civil de Mórrope era capaz de precisar una cantidad exacta de damnificados. La urgencia era poder cubrir, al menos por zonas, las necesidades básicas de todas esas familias en riesgo.

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Cuando rompió la lluvia en Angolo II, los campesinos se alegraron. Llevaban meses luchando contra la sequía que mataba todo y esperaban tan solo un poco de agua para sembrar. A 40 soles la hora de agua para sembrío, son 160 soles para poder irrigar una hectárea por una vez. ¿Cuántas veces se riega una hectárea para cosechar frijoles? ¿Cómo se va a pagar eso si no llueve? La mayoría de comuneros aprovechó la oportunidad para comenzar a trabajar: Nadie les dijo que había una amenaza de lluvia intensa. Nadie les dijo que había que comenzar a prepararse para resistir, que si sembraban perderían todo lo invertido, que llovería hasta inundar sus chacras.
Al parecer, la municipalidad había creído que todo estaba seguro: En febrero del 2016 gastó millón y medio de presupuesto “formando y equipando Comités de Gestión del Riesgo ante Desastres”, una tarea que en práctica fue elegir a tres personas, la mayoría de veces por afinidad política, y darles el cargo de Comité, junto a un equipamiento de herramientas y hasta una motobomba con la que afrontar un posible, y bastante hipotético en ese entonces, desastre. Pero en práctica es obvio que no basta con formar un equipo de personas: Es necesario capacitarlas y brindarles un seguimiento que no se hizo, por lo que esta vez ante las lluvias, la comunidad de Angolo II no sabía que habían herramientas con las que defenderse: Las palanas, las botas y los sacos estaban dispersos entre las familias cercanas al comité en calidad de préstamo y su uso no fue eficiente en la emergencia y la comunidad perdió demasiado.

Abril 2017: Ha dejado de llover. Al fin. La vida está volviendo su ritmo. Las casas están débiles, es necesario ponerles barro. Los niñitos tienen sed, chicha suavecita les dan. El muchacho de los Sandoval dicen que cayó al río. Las viejas juraban que era la gentila que se lo había llevado, iban a dejarle comida para que lo suelte y lo regrese: siempre faltan manos en la chacra pero, cuando lo drenaron al río lo encontraron muertito. Los ojos se los habían comido los pescados. Yo no como esos pescados que sacan del río, ¿los come usté? Yo no los como, no habrán comido algún animal que se ahogó, no habrán comido los ojitos del muchacho. Mi marido se fue de peón hoy en la mañana. Se va a vigilar las obras de una empresa que hay lejos, bajo el sol. Quizá llegue al final de la semana. Cansado llega a la casa, cansado llega así en la nochecita. Tanto no vimos la lluvia hubiéramos guardado la siembra, hubiéramos visto la casa, hubiéramos notado que habían grillos por todas partes. Muchos grillos traen abundancia, decían los abuelos hace tiempo. Pero hemos perdido esas tradiciones. Dicen que don Baldera, el menor, sembró ahí nomás donde era el río Túcume viejo. No había abundancia ahí hace más de veinte años. Pero el agua tiene memoria y recuerda por donde viene cuando crece. Todito se lo llevó. Don Baldera se ha ido a la fábrica, dicen. Así es, los desastres son así. -La señora de los Tuñoque hace una pausa para recordar – Así fue en el 86 cuando me vine para acá con mi esposo. La abundancia se había llevado la casita. Así no se puede, dijo. Cogió lo que pudo, cogí a mi niño y nos vinimos. Cruzamos la carretera. Llegamos a Angolo II. Y aquí estamos, pues. Aquí vivimos. Ya pasó la lluvia ya. Ahora, pues. Hay que seguir nomás.

Abril 2017: Aún hay alerta de lluvia para fin de año y Mórrope sigue teniendo una resistencia de papel. Es que no aprenden las municipalidades: Los desastres no son naturales, son fenómenos climáticos. Lo que los hace desastre es la falta de prevención –  Rosa, directora de CEPRODA, suspira antes de dar la buena noticia. – Nos han aprobado un proyecto en Mórrope. Hace años que conozco al alcalde, Cajusol. Aprovechando que vamos a hacer ayuda humanitaria allá, lo he convencido en replantear y activar los comités comunitarios de gestión de riesgo. ¿Pueden ser parte de esto? El equipo Iguana asiente ante esa nueva oportunidad de hacer soporte al caserío de Angolo II. Un año después de trabajar organización comunitaria saben que eso es lo primero que se puede hacer desde la sociedad civil en la reconstrución: Abrir espacios para que los pobladores se acerquen y para, a la vez, alertarlos: No es la primera vez, no será la última. No es normal, es el cambio climático: Hay que estar unidos, hay que estar preparados.

Mayo, 2017: En la escuela Reducindo Maco Castro de Angolo II, parte de los pobladores de ese caserío morropano se han reunido ante el llamado de Defensa Civil, por parte de la municipalidad y de dos instituciones de la sociedad civil. Son las tres de la tarde y las señoras van llegando en grupos pequeños, con sus niñitos de labios secos jalándoles las faldas. La laguna que se ha formado al lado del colegio aún no quiere secarse pero ya está en calma. El suelo se rompe en piezas como vasijas de cerámica y las chacras están llenas de maleza: es imposible volver a sembrar. El encargado de la municipalidad se impacienta: Solo hay veinte personas en la reunión y de las que el ochenta por ciento son mujeres, que llegan tardecito pero llegan: Tienen que dejar todo terminado en la casa  y avanzar con la limpieza de chacras para intentar sembrar. Los hombres de las casas salen a trabajar muy temprano por la mañana como jornaleros y a veces no llegan hasta semanas después. Qué se puede hacer, dicen todos. Después de las lluvias, el dinero no alcanza ni para comer. Sí, hay poca gente para comenzar a organizarse, la vida es tan dura en esos caseríos desérticos que casi siempre la prioridad es el día a día, pero está claro en los que están en la reunión: Si no se hace ahora no se hará nunca. No se puede esperar a que si viene otra desgracia encuentre a Angolo, otra vez, desprotegido.

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Las preguntas que se hacen en ese espacio de diálogo son sencillas: ¿Cómo estamos? ¿Cómo quedó nuestra comunidad? ¿Habíamos prevenido en nuestras casas? ¿Habíamos prevenido en Angolo? ¿Cómo se desempeñó el comité? ¿Por qué este FEN fue más fuerte que los anteriores? ¿Qué podemos hacer? ¿En quién nos podemos apoyar? Organización comunitaria, responsabilidades, urgencias y prioridades, acciones de respuesta durante la emergencia, nuevas acciones. Agolo tiene buena respuesta. Los trabajadores municipales han sido capacitados por CEPRODA y han mejorado el plan Comité de Defensa: Ahora, además de los tres cargos “de honor”, se han implementado las secciones de almacén, comunicación, soporte veterinario, brigadas comunitarias y alerta temprana. Una oportunidad para descentralizar el poder, involucrar a la comunidad e intentar apartarlo de los amarrados políticos que lo hacen ineficiente, además. Hay diálogo. la comunidad elige y propone. Tres horas después, la reunión ha terminado en la elección de este nuevo comité, elegido por votación democrática y con alternancia de género. Una oportunidad después del desastre, para afrontar en comunidad los retos que la reconstrucción implica. Una oportunidad en la que trabajar mucho, articuladamente, tanto el caserío, la municipalidad y las organizaciones aompañantes, para que mañana el colegio donde la comunidad se ha reunido, reciba niños y niñas fuertes, sin miedo, al saber que hay una comunidad unida  a sus espaldas, velando por su crecimiento.

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